Delirios Adicionales

domingo, 22 de noviembre de 2009

Ideas para almacenar tu ropa




Pinchad en la imagen para hacerla grande.

Besos, Comuniantes.

(Dedicado a Mapaspa)

viernes, 20 de noviembre de 2009

Gaviotas gigantes



Hola, queridos comuniantes.


Hoy me apetece divagar un poco: nada de humor o comicidad. Recuerdo que el otro día, en el tren, no podía concentrarme en el libro que tenía entre manos. No es que el libro fuera especialmente malo pero, simplemente, hay veces en las que una no puede prestar tanta atención a una cosa como quisiera. Y justo eso me pasó.


A cada línea que mis ojos recorrían, las palabras escapaban juguetonas de mi mente, como si nunca hubieran sido absorbidas. Tiré la toalla dos paradas después. 80 minutos de viaje diarios dan mucho de sí, pero tengo por costumbre aprovecharlos de la misma manera: leer cultiva la mente. Sin embargo, a veces una está preocupada, alicaída, melancólica o solo distraída, y es en esos momentos cuando te das cuenta de que, a veces, ayuda mucho más un gran suspiro que las palabras o pensamientos más alentadores.


No me quedó otro remedio: tuve que echar a volar. Y cuál no fue mi sorpresa al darme cuenta de que a mi alrededor navegaban gaviotas gigantes, grises como el mar en un día de tormenta, y blancas como los rayos de luz del mediodía. ¿Habéis reparado alguna vez en el vuelo de las gaviotas, queridos delirantes? Tienen algo de majestuoso, pues cuando planean sus alas se extienden y atraviesan el cielo con tranquilidad, serenas como el oleaje que suele acompañarlas en sus travesías.


¿Cómo puedo saber que eran gigantes? Porque una numerosa comitiva de, al menos, ocho o nueve helicópteros negros recorrían nerviosamente los vientos, como buitres hambrientos en busca de carroña; pero las gaviotas les superaban en tamaño, y era como si todas se unieran en un blanco ejército que estaba preparado para echar a los intrusos de su territorio. Una gran batalla aérea: gaviotas gigantes contra helicópteros de hierro.


En seguida pegué mi cara a la ventana, allá en el lejano suelo, para contemplar la lucha que iba a tener lugar en breve. Y les deseé suerte y ventura a las valientes gaviotas, que ya empezaban a hacer piruetas y rápidos movimientos para mostrar su postura dominante frente al enemigo. "No te temo", le dijeron desafiantes al desordenado pelotón de helicópteros.


Con los inmaculados rayos de luz como aliados, las gaviotas gigantes lanzaron su ataque contra los helicópteros que, al ver que la determinación de sus rivales era contundente, huyeron despavoridos hacia el norte sin apenas mostrar resistencia, mientras ellas se regocijaban de su victoria y me hacían guiños desde las alturas.


Y allí me veíais, flotando entre enormes gaviotas mudas, puesto que el traqueteo del tren me impedía escuchar sus voces, rodeando todas juntas la montaña de Cullera, y dejándonos llevar por la suave brisa de la tarde... hasta que una mecánica voz femenina anunció en el vagón el fin de mi trayecto.


Ya veis, qué aventura. Me alegré muchísimo de no haber podido leer, porque de lo contrario nunca hubiera podido disfrutar de aquella épica contienda entre gaviotas gigantes y helicópteros negros. Llego, pues, a una interesante conclusión: soñar (aunque sea despierta) es un eficaz método para romper con la a veces asfixiante rutina.


Siempre vuestra,


Chica Mordor...*


Besos, comuniantes.

lunes, 16 de noviembre de 2009

DIARIOS DE VIAJE...


Como su propio nombre indica, este apartado será el primer capítulo de mi diario de viaje. Así pues, esta semana os haré que viajéis a través de la lectura de este post, a la mismísima cuna del arte Románico, Barroco y del Renacimiento… ROMA.

Observo el calendario con impaciencia el día de antes, sabiendo que estoy a pocas horas de partir y “cruzar el charco”. La noche se hace eterna, ¡qué digo eterna!, es la ansiedad la que no me deja dormir. Así pues, aunque no he dormido nada de nada, cuando el despertador suena y anuncia la hora de levantarse y ponerse en marcha, doy un brinco y estoy con una energía tremenda, como si hubiera descansado toda la noche sin problemas. Camino a paso ligero hasta el instituto, donde esperan compañeros y profesores. El avión sale de Valencia y tras 2 horas y 40 minutos aproximadamente llega a su destino. El corazón ya me iba a 200 kilómetros por hora y sentía un vaivén curioso en el estómago. Y es que, cualquier amante del arte que se precie, o estudioso del mismo, o bien, simplemente que tenga cierta inquietud por las civilizaciones antiguas, quedaría maravillado con la simple idea de poder visitar esta ciudad, la capital de la bella Italia.

En cuanto bajamos del avión el ambiente de júbilo, emoción y alegría es visible en las caras de todos. Marchamos impacientes hacia el autobús que ya espera para llevarnos hasta el hotel. El viaje en autobús no deja de ser todo un espectáculo… Todo el mundo mira por las ventanillas fijándose muy bien en todo: las casas, la gente… pero sobre todo, pendientes de toparse con algún monumento conocido o que puedan reconocer. Llegamos por fin al hotel, donde nos designan las habitaciones correspondientes. El hotel tiene varios edificios conectados entre sí a través del comedor de la planta baja. A mí, por asignación, me toca estar en la otra punta del hotel, en el último piso, como desterrada. Afligida, cargo la maleta por el pasillo y me dirijo al ascensor de la “zona fantasma”, pues prácticamente todo el mundo está en el edificio contiguo o en plantas inferiores. Cuando llego a la habitación, abro la puerta y tras investigar un poco las dependencias me doy cuenta de que en realidad me ha tocado el gordo. La habitación está en el ático y tiene un par de ventanas pequeñas en los laterales, pero también tiene dos ventanales grandes en el techo inclinado, que cuando te tumbas te permiten ver las estrellas. ¡Qué bonito! Si bien es cierto, no es demasiado grande pero al menos es acogedora. Me asomo al baño y veo lo típico que me esperaría en un hotel de estas características: un lavabo, un inodoro, una bañera, un bidé, un secador, un toallero, etc.
Pero, la sorpresa vino después al bajar a la recepción y comentar impresiones con otras compañeras sobre las habitaciones. - ¿Qué tenéis bañera? – me dice una de ellas asombrada. - ¿Qué tenéis secador? – Comenta otra a continuación. Es entonces cuando me doy cuenta que… sí, estaré a la otra punta del hotel pero por confort no me puedo quejar. Al menos no se me ocurriría hacerlo delante de ellas por si arremeten contra mí, Dios me libre.

Esa misma tarde, después de comer y mezclarnos con la “flora y fauna” romana, echamos a andar por las accidentadas calles de la ciudad. ¿Acaso no han oído hablar del pavimento liso? Otra cosa no, pero, os recomiendo que si vais a Roma vayáis con calzado muy pero que muy cómodo si pensáis patear bastante, puesto que la mayoría de las calles tienen adoquines. Y es que si al menos estuvieran más o menos juntos todavía se haría llevadero, pero es que entre medias de cada adoquín hay unos surcos enormes que si se te ocurre ir en tacones puedes tener más de un tropiezo, o, lo que es peor, se te puede quedar el pie encasquillado y hacerte mucho, mucho daño. Por no mencionar lo incómodo que es pisar ese suelo con: zapatillas, botas planas, bailarinas, etc. Si le añadimos un poco de tacón, ya es el colmo.
(TO BE CONTINUED...)

domingo, 8 de noviembre de 2009

Mis viajes en autobús...

Queridísimos comuniantes:

Tras una eternidad sin decidirme a escribir en el blog he vuelto a las andadas. Ahora mismo, a las 23:59 de la noche, estoy tan aburrida que me ha dado por pensar en mis viajes diarios en autobús. Todos los días, de lunes a viernes, cojo el bus a las 07:39. En la parada ya esperan los mismos de siempre: un chico que debe tener aproximadamente mi edad, siempre con sus cascos puestos, una chica algo más mayor que yo que mira impaciente una y otra vez la carretera a la espera del autobús y una mujer de unos 45 años que siempre lleva la misma bolsa en la mano. El conductor, siempre con su camisa azul y su sonrisa en los labios, nos da los buenos días familiarmente como si nos conociera de toda la vida. Y es que realmente parece que nos conozcamos de toda la vida. Siempre ocupa el asiento que hay justo detrás del conductor una niña morena, que se baja dos o tres paradas más de donde yo subo, dejando el asiento libre a una mujer rubia con gafas. Yo siempre me siento en el mismo lugar: camino a lo largo del autobús hasta llegar a donde hay cuatro asientos enfrentados entre sí. Yo me siento en el que mira hacia delante, para no marearme, y está al lado del pasillo, porque no me gusta molestar cuando tengo que salir. Justo en frente, siempre está sentado un niño guapísimo que me dedica sonrisas pícaras y miradas nerviosas. Me parece tan gracioso que algún día es probable que le pregunte algo sobre su vida. Espera impaciente a que suba su compañera de clase dos paradas más allá y cuando no lo hace, desvía su mirada a la carretera hasta que llega al colegio y baja de un salto de su asiento. Además, un chico muy atractivo tiene que permanecer de pie todo el trayecto porque no encuenta asiento libre, aunque sospecho que nos alegra la vista a todas las chicas del autobús y él es consciente de ello. Cuando llego a la parada, he de bajar corriendo y cruzar el semáforo en rojo para poder coger el otro autobús que me lleva a la universidad, porque si no me pego la carrera, tengo que estar 10 minutos esperando en la parada.

Dejo el teclado libre para irme ya a dormir...quizá si algún día llego a estos límites de aburrimiento otra vez os cuente el viaje de vuelta....

Un abrazo comuniantes!

martes, 3 de noviembre de 2009

Pensemos como un asesino



Queridos comuniantes:

Estoy planeando un crimen. No un crimen cualquiera, sino un asesinato (bueno, y quizá también un robo). Antes de que acabéis de marcar el 091, os debo pedir que os detengáis un segundo a escucharme (leerme, en su defecto).
No es que tenga ansias asesinas de repente (antes de delinquir prefiero dedicarme a otro tipo de profesiones menos adrenalinaicas (palabrejo que te crió). Se trata de otra cosa: ¿recordáis que hace poco escribí diciendo que tenía en mente elaborar una historia de género negro? Pues quiero empezar en breves -estoy en la fase de documentación-, y deseo hacerlo bien desde el principio: su argumento, sus sospechosos, su investigación... claro que todo esto no puede hacerse sin un previo delito cometido (delito que, por otro lado, aún no tengo pensado).

Así que, por eso os pido que me ayudéis a razonar como un asesino (si alguno ha tenido ocasión, DIOS NO LO QUIERA ¬¬)... y que, si se os ocurre algún detalle interesante que aportar, no dudéis en comentar con la propuesta.

¡¡Cuando la historia esté escrita, entre todos le daremos caza al malhechor!! xD

Besos, comuniantes!!


C.Mordor...*