
Hola, queridos comuniantes.
Hoy me apetece divagar un poco: nada de humor o comicidad. Recuerdo que el otro día, en el tren, no podía concentrarme en el libro que tenía entre manos. No es que el libro fuera especialmente malo pero, simplemente, hay veces en las que una no puede prestar tanta atención a una cosa como quisiera. Y justo eso me pasó.
A cada línea que mis ojos recorrían, las palabras escapaban juguetonas de mi mente, como si nunca hubieran sido absorbidas. Tiré la toalla dos paradas después. 80 minutos de viaje diarios dan mucho de sí, pero tengo por costumbre aprovecharlos de la misma manera: leer cultiva la mente. Sin embargo, a veces una está preocupada, alicaída, melancólica o solo distraída, y es en esos momentos cuando te das cuenta de que, a veces, ayuda mucho más un gran suspiro que las palabras o pensamientos más alentadores.
No me quedó otro remedio: tuve que echar a volar. Y cuál no fue mi sorpresa al darme cuenta de que a mi alrededor navegaban gaviotas gigantes, grises como el mar en un día de tormenta, y blancas como los rayos de luz del mediodía. ¿Habéis reparado alguna vez en el vuelo de las gaviotas, queridos delirantes? Tienen algo de majestuoso, pues cuando planean sus alas se extienden y atraviesan el cielo con tranquilidad, serenas como el oleaje que suele acompañarlas en sus travesías.
¿Cómo puedo saber que eran gigantes? Porque una numerosa comitiva de, al menos, ocho o nueve helicópteros negros recorrían nerviosamente los vientos, como buitres hambrientos en busca de carroña; pero las gaviotas les superaban en tamaño, y era como si todas se unieran en un blanco ejército que estaba preparado para echar a los intrusos de su territorio. Una gran batalla aérea: gaviotas gigantes contra helicópteros de hierro.
En seguida pegué mi cara a la ventana, allá en el lejano suelo, para contemplar la lucha que iba a tener lugar en breve. Y les deseé suerte y ventura a las valientes gaviotas, que ya empezaban a hacer piruetas y rápidos movimientos para mostrar su postura dominante frente al enemigo. "No te temo", le dijeron desafiantes al desordenado pelotón de helicópteros.
Con los inmaculados rayos de luz como aliados, las gaviotas gigantes lanzaron su ataque contra los helicópteros que, al ver que la determinación de sus rivales era contundente, huyeron despavoridos hacia el norte sin apenas mostrar resistencia, mientras ellas se regocijaban de su victoria y me hacían guiños desde las alturas.
Y allí me veíais, flotando entre enormes gaviotas mudas, puesto que el traqueteo del tren me impedía escuchar sus voces, rodeando todas juntas la montaña de Cullera, y dejándonos llevar por la suave brisa de la tarde... hasta que una mecánica voz femenina anunció en el vagón el fin de mi trayecto.
Ya veis, qué aventura. Me alegré muchísimo de no haber podido leer, porque de lo contrario nunca hubiera podido disfrutar de aquella épica contienda entre gaviotas gigantes y helicópteros negros. Llego, pues, a una interesante conclusión: soñar (aunque sea despierta) es un eficaz método para romper con la a veces asfixiante rutina.
Siempre vuestra,
Chica Mordor...*
Besos, comuniantes.