Delirios Adicionales

domingo, 28 de junio de 2009

Esto no es un punto y final, prometo que añadiré los dos puntos restantes...

Hola queridísimos comuniantes:

Por un ferviente comentario que acaba de llegarnos rogándonos que actualizáramos el blog, me he puesto manos a la obra. Sin embargo, hoy no tengo ganas de escribir nada gracioso. Estoy melancólica. Os voy a contar el porqué.

Me matriculé en Comunicación Audiovisual porque me interesaban los medios de comunicación y me gusta bastante el llamado "cuarto poder". Pero nunca llegué a imaginar el cariño que podría cogerle a un grupito de jovenzuelas que decidieron optar por la misma vía que yo. Ellas han conseguido que las clases fueran mucho más llevaderas y además hemos pasado unas noches de juerga inigualables. Aún así, llega el momento de decirles hasta pronto.

He tomado una decisión que no sé si será la adecuada o no, pero he de seguir adelante con ella. Me duele mucho tener que poner en standby mi carrera este año, pero, sobre todo, tener que decirles hasta pronto a ellas. Han estado ahí para los momentos buenos y los momentos malos y por lo que las he conocido y puedo deducir, estoy convencida de que lo seguirán estando.  

Cuando en algún momento de tu vida tomas una decisión, el curso de los acontecimientos cambia por completo. Sin embargo, yo soy de las que piensa que por mucho que el destino pueda cambiar, el pasado y los recuerdos siempre siguen estando si hay algo que te hace pensar en ellos, y yo, os aseguro que hay muchos motivos por los que merecería la pena recordar este año.

Finalmente y para acabar esta entrada tan sensiblona, espero que todo el que me lea se sienta reconfortado o algo parecido si también está pasando por alguna situación en la que tenga dudas o sienta miedo por las consecuencias que pueda acarrear una decisión en un momento determinado. Así es como me siento yo, temerosa del destino.

domingo, 21 de junio de 2009

Un pensamiento



Ya podríamos haber empezado este blog a mitad cuatrimestre, en vez de hacerlo la última semana de curso...


En fin, las cosas vienen como vienen.
Besos, comuniantes!

sábado, 20 de junio de 2009

100 visitas...

Estoy tan emocionada que no sé muy bien qué decir ahora que ya somos famosas...¡ya tenemos 100 visitas! Queríamos agradecérselo a nuestros padres y amigos, que siempre han estado apoyándonos y gracias a ese apoyo hemos llegado a lo más alto. 

domingo, 14 de junio de 2009

Esa extraña fauna




Hola, queridos Comuniantes.


Me presento como otra de las tres autoras de esta maravillosa bitácora que decidimos crear a las tres de la mañana de un día tonto. Por diferenciarme de alguna manera, me pondré de nombre Chica Mordor y siempre escribiré en este color (¿a que soy súper original?).


Bien, como decía mi buena amiga y coautora, la señorita Comuniante (que debería cambiarse el nik porque lo de "comuniante" no va por ella), ya ha pasado nuestro primer curso universitario, y se ha pasado volando.


Así pues, me gustaría profundizar un poco más en un aspecto que ya ha sido mencionado, aunque de manera superficial. El tema en cuestión: los compañeros de clase, esa extraña fauna.


No es fácil, queridos comuniantes, enfrentarse a un primer día universitario. Yo recuerdo el mío como si se tratara de ayer. Tengo que decir que no fui tan patosa como mi querida amiga, porque yo no me perdí ni me equivoqué de clase, edificio u barrio (¬¬u), pero aun así me sentí rara: un martes de septiembre me vi a las ocho de la mañana en un sótano repleto de gente callada, esperando como si se dirigieran a la horca. Yo, bastante cortada, recorrí el pasillo con lentitud, fijando mi mirada en todas las puertas, buscando un cartel donde ponía "M02".


Asomé la cabeza con cuidado, el aula estaba vacía. Y eso que me doy la vuelta... ¡pam! Al menos veinticinco pares de ojos me devuelven una mirada hostil que me acojonó de inmediato, así, con todas sus letras (hablemos con propiedad). No me quedó más remedio que esconderme en un banco vacío al fondo del pasillo. Me creía a salvo, pero, de pronto, alguien me tocó el hombro y creo que pegué un bote hasta el techo, del susto que me llevé.


-¡Hola! ¿Qué tal? ¿Tú también eres nueva? ¡Ya ves, estamos todos igual! Vaya, madre mía, qué nervios. ¿Cómo te llamas? ¿De dónde eres? ¡A saber lo que nos espera...!


Una chica súper simpática me dirigía la palabra, quitándome un peso de encima ("uff, menos mal, no es por mi olor, entonces", pensé aliviada). En seguida le respondí, y me presentó a otra chica muy mona que estaba a su lado, a la que también acababa de conocer. ¡Qué ilu, el primer día de clase y ya tengo amigas! ¿Se puede ser más feliz?


Poco después surgieron más nombres, se hicieron los primeros equipos de trabajo. Fue una jornada corta, en pocas horas ya nos habían despachado y nos dirigíamos al metro. Yo ahí ya empecé a sospechar, porque, no sé cómo, pero de un segundo a otro me quedé sola con la chica mona que me habían presentado pocas horas antes. Y empezó el caos.


¡Era tímida! Pero una timidez exagerada, la conversación se tornó en un incómodo interrogatorio. Creo que me puse a sudar y todo, intentando salir del atolladero. ¿Por qué me tiene que pasar todo a mí? Mal asco. Nuestra charla fue una cosa parecida a esto:


Yo: Pues... ya está, hemos sobrevivido al primer día, ¿no? (sonrisa ligera).


Ella: Sí.


Yo: ¿De dónde me has dicho que eras?


Ella: De Quart de Poblet.


Yo: Ah (ahora dirá algo, supongo).


Silencio.


Cruzamos un paso de cebra.


Se oye la calle. Los coches y eso...


Silencio incómodo.


Ya está bien, joder, tomaré las riendas.


Yo: Tengo una amiga allí.


Ella: Qué bien.


Yo: Sí (exprime el tema, exprime el tema, exprime el temaaaa. ¡Qué hostias! No se puede exprimir más. Lo cambiaré).


Yo: Y... ¿ya tenías claro que querías estudiar Comunicación Audiovisual?


Ella: No. Me metí por probar.


Yo: Entiendo. A mí me ha pasado un poco igual, ahora veremos qué tal, cómo se desenvuelve la cosa.


Ella: Hm.


Yo: ¿Pero es el primer año que te matriculas?


Ella: El año pasado estuve en Periodismo, pero como no me gustaba, he decidido meterme en esto, que me parece más creativo.


¡¡¡No me lo puedo creer!!! Ha dicho una frase entera, con subordinadas y todo. ¡Bien! Avanza la cosa. Esperaré a que añada algo más.


... y esperaré...


... y esperaré...


... y esperaré...


Yo: Hace sol, ¿eh?


Ella: Sí.


¡Madre mía! ¡Qué conversación de besugos!


Así es la vida, mis pequeños comuniantes (que no saltamontes), te piensas que has conectado con alguien y, después, estás cuatro meses para cogerle el truquillo a esa persona. Justo para que, cuando ya se ha normalizado la relación, esa persona decida dejarse la carrera a mitad de curso, como fue el caso, por segundo año consecutivo. En fin, qué se le va a hacer. O la otra chica, la que me había abordado con tanta simpatía el primer día, que al segundo ya se reveló como la auténtica gruñona que es (eso sí, te puedes morir de risa con ella).


Con este rollo repollo, lo que vengo a decir es que hay gente para todo. Las primeras semanas fueron un auténtico fenómeno de análisis humanístico, ¡la de etnias que te podías encontrar! Hay de todo: freaks melenudos (seguramente porreros en potencia), emos atormentados, pijos antipáticos (estos son como los chinos, están en todas partes), guapitas de cara-pelos perfectos, chungarros, fumetas, homosexuales, bisexuales, asexuales, seguramente también algún pervertido sexual (o varios), punks malcarados, canis masieros, gente de la capi, burdos de los pueblos, hippies, bohemios, cuerdos, locos, bajos, altos, flacos, rellenitos, listos, tontos, feos, más feos... (sí, porque he de decir que en nuestra clase se salvan pocos especímenes del género masculino en lo que a belleza se refiere... y no digo nombres... quien se quiera dar por aludido que se aluda, pero yo no me hago responsable).


Te podías morir. Una interesante actividad hubiera podido ser la de crear una especie de mapa o esquema para orientar al recién llegado. Pero bueno, con el paso de los días te vas acostumbrando a la marea social, y empiezas a establecer tus preferencias. Con la convivencia te percatas de cómo es la gente en realidad y, aunque al principio se respira un aire de conformismo formal, es más tarde cuando te vas acercando o alejando de distintos grupos, según.


Y, bueno, pues mira, Fulanito antes tenía gran amistad con Menganito, pero entre pitos y flautas ahora Fulanito y Menganito han descubierto que no tienen tanto en común como pensaban, y se han abierto a nuevos horizontes. Y eso me ha pasado a mí en cierto modo, me ha costado un poco encontrar mi lugar.


Pero cuando lo encuentras... os aseguro que vale la pena, comuniantes, porque me he hecho muy amiga de las dos coautoras (así como de más gente) y hemos pasado por grandes momentos juntas, momentos que nunca se olvidarán, a pesar de que, en un principio, apenas hablábamos o ni siquiera nos conocíamos. Por idas y venidas de la vida (olé rima) el destino nos ha juntado y ahora, aunque quisiera, no me las podría quitar de encima (entre otros, porque son unas pesadas :P). Y somos un grupito multiracial, que es lo que mola.


Es bueno evolucionar, y solamente cuando ya lo has hecho, te das cuenta de que a los demás les ha pasado igual que a ti: los punks se juntan con los chungos (que al final han resultado ser buena gente), los bohemios con los alternativos, los ecos con los fumetas. Y hablas un poco con todos y los vas conociendo mejor; te das cuenta de que has juzgado mal a mucha gente, y corriges (ya sea de mal para bien o de bien para mal, jajaja, ahí no entro...). Se ha creado una especie de comunidad de la que formas parte, de algún modo u otro.


Y eso es lo que después se te queda: los recuerdos de las experiencias vividas.


En fin, mis pequeños comuniantes, como habréis comprobado los que hayáis llegado hasta aquí leyendo (los auténticos valientes, que aquí cobardes no queremos), me he pasado tres pueblos escribiendo, pero es que me ha venido la inspiración, qué queréis.


Ya hablaremos en otro día de la otra cara oculta de esa extraña fauna (lo que viene siendo el profesorado), pero por hoy ya está bien, que me han salido hasta callos en los dedos.


¡Besos y abrazos a todos! (y gracias por aguantar) ;)

sábado, 13 de junio de 2009

Enlatados

Sudores, taquicardia, asfixia, nerviosismo, percepción de olores extraños (a menudo desagradables); Son las cosas que experimentamos en nuestro querido transporte público: el METRO.

Te levantas cada mañana y después de vestirte, desayunar y coger lo necesario para salir de casa piensas “¿Llegaré bien a coger el metro?” “¿Tendré que correr como de costumbre?”... ¡No lo hagas! ¡Si lo piensas ya estás perdido! Y es que a veces cuanta más prisa tenemos para llegar a un sitio, más tarde llegamos. Es curioso, pero cierto.

En primer lugar, si al despertarte te das cuenta de que en la calle está lloviendo a cántaros solamente tienes dos opciones. La primera es quedarte en casa y alegar alguna enfermedad contagiosa para no tener que ir a clase. Pero si te consideras una persona responsable y te pesa en la conciencia, la segunda opción es llamar a algún amigo o compañero con vehículo propio que tenga la amabilidad de pasar a recogerte. ¡En ningún momento se te ocurra ir a coger el metro! ¡Quién sabe lo que te pueda ocurrir!
Seguramente acabes calado hasta los huesos, llegando a donde quiera que vayas dos horas tarde. Lo más probable, sobre todo si la estación está al aire libre, es que el metro que esperes no pase debido a problemas en la vía (problemas eléctricos, zonas anegados, etc.)

Si el día no tiene inclemencias meteorológicas, piensas que el trayecto en metro puede transcurrir con normalidad. No sabes lo equivocado que estás. Son aproximadamente las 8:00 de la mañana, llegas al andén y observas la multitud de gente que se encuentra esperando y piensas “bueno, me colocaré por la parte de delante para entrar antes y poder sentarme”. ¡Qué error! El metro llega, la gente empuja, entonces observas el cartel sobre las puertas que indica "dejen salir" ¡menuda estupidez si nadie hace caso de eso! La puerta se convierte en un embudo por el que todos quieren entrar. Cuando consigues hacerte un hueco y estás dentro no quedan asientos, es más, sin saber por qué, te encuentras con la espalda pegada al cristal de la puerta y no tienes donde agarrarte. Perfecto.

En ocasiones especiales, véase Fallas, el metro puede llegar a ser una pesadilla. Permanecer en el andén sin caer a la vía se convierte en una hazaña y entrar dentro del tren en un gesto de valentía. Cuando decides adentrarte en las profundidades del vagón, te arriesgas a llegar al final del trayecto sin poder bajar en la parada que querías porque la "amabilidad" de la gente te impide salir. Todo se complica cuando la charanga de una falla va en el mismo vagón que tú y los ves tranquilamente cantando y tocando sus instrumentos como si no tuvieran limitado el aire que respiran. ¡Es un atentado contra la paciencia de los demás pasajeros! Sin embargo, una amiga me dio un consejo para estas situaciones que nunca olvidaré, ya que me ha resultado más útil que aprender a leer: la noche de la Nit del Foc, una vez has conseguido entrar, intenta llegar hasta la puerta por donde tiene que entrar la gente en la siguiente parada. Pega la cara al cristal y pon expresión de sufrimiento. Siempre puedes ayudarte de alguna mano también o incluso del cuerpo entero para atemorizar a los pobres ingenuos que intentan acceder. Lo creas o no, esto puede llegar a salvarte la vida, si quieres seguir respirando al menos.

No obstante, el metro por las noches pasa de ser una auténtica “lata de sardinas” a una especie de “pasaje del terror”. Jueves por la tarde. Entro en mi queridísimo Tuenti (¿qué haría yo sin él?) y encuentro un evento en el que se organiza una cena para esa noche. Me tiro tres horas en el baño arreglándome para estar monísima. Antes de salir de casa, me miro al espejo y me digo a mí misma, esta noche triunfo en la discoteca. El problema llega cuando decido salir y cierro la puerta de casa. El golpe sordo me recuerda que son las nueve y media de la noche y la gente vuelve de trabajar mientras yo me voy de fiesta. Llego al metro, mi adorado metro, y veo en la pantalla que no pasa hasta dentro de diez minutos. La gente me mira a través de sus ojos fatigados tras una dura jornada de trabajo y examina minuiciosamente mis zapatos de tacón de 10 centímetros a juego con el top escotado que me sienta tan bien. En ese momento me ruborizo e intento alejarme lo máximo posible de los asientos ocupados. Dentro del tren ocurre más o menos lo mismo, con la diferencia de que en el interior del metro hay bastante más luz que deja al descubierto mi nuevo ahumado de ojos que tanto me ha costado conseguir a lo largo de la tarde.

Pasan las horas: dos, tres, cuatro, cinco, seis.... y entonces el metro abre sus puertas. Ya es hora de volver a casa, pero ahora viene lo peor de todo. Tras una noche entera bailando a oscuras, sales a la calle con cara de zombie, despeinada y llena de manchas. Todavía tienen efecto en ti los restos de alcohol de esa noche y lo único que te apetece es irte a dormir. Pero, el tren que te lleva a tu casa tardará en torno a 15 minutos en venir, como mínimo. El rubor que había perdido durante toda la noche vuelve a mis mejillas al observar que el trabajador del andén de enfrente me señala y hace gestos obscenos, mientras me dedica una sonrisa pícara. Los demás pasajeros se limitan a cerrar sus ojos y apoyar el mentón sobre su mano, intentando hacer equilibrios para no caer redondos al suelo.

En definitiva, viajar en metro por la noche expande tus horizontes cognitivos y descubres que hay vida humana que intenta sacar el país adelante cuando todavía no ha salido el sol.

La vida es sueño...

Hola queridos comuniantes:

Me presento. Soy una de las tres comunicólogas o comunicadoras que han creado el blog y hoy vengo para estrenarme como escritora amateur y transmitiros con todo detalle cómo ha sido este año que he estado matriculada en Comunicación Audiovisual.
Haciendo honor al título, este curso ha sido el año que más he dormido en la vida. He llegado a batir el récord de 13 horas diarias. Dicen que cuando duermes mucho creces, en mi caso no ha sido así. He crecido, pero a lo ancho.
Y dejando a un lado los problemas hormonales, más concretamente mi pelea constante con el ejercicio físico, pasaré a describir un poco por encima cómo ha discurrido este año maravilloso, el primer año universitario.
El primer día se podría decir que comencé el curso con mala pata. Me perdí y me presenté en una universidad que no tocaba, por lo que no llegué a primera hora para ir intercambiando primeras impresiones con la gente. Finalmente, llegué a mitad de la segunda clase y me senté donde pude. Si os soy sincera, al principio pensé menuda panda de cabrones están hechos, porque no me hacía caso ninguno.
Fue pasando el tiempo y descubrí que la vida de universitario no está tan mal. Fiesta, comer, beber e incluso ir a clase de vez en cuando. También descubrí que la gente trabaja los viernes a las 6 de la mañana y, en honor a Celes, la radio emite a altas horas de la madrugada.
Ahora el curso está acabando y si me hicieran resumir mi año, destacaría cosas como la Guerra Fría, la concentración horizontal, HISTORIA GENERAL DE LA COMUNICACIÓN, ejem, ejem, circunspecta, elefantiásica,profunidad de campo,calor,muuuchas tiendas y, lo más importante, mi queridísimo METRO. Otro día dedicaré una entrada especialmente a él.
Pero sin duda alguna, si algo ha merecido la pena este año ha sido conocer a las otras dos comunicadoras o comunicólogas. No diré nada más porque me pongo ñoña.

Hasta mañana o cuando me apetezca volver amig@s.

(Advertencia al lector: en un mismo tema de conversación podemos tratar temas tan diversos como el aborto, la reforma educativa, la deuda externa y el fichaje de Cristiano Ronaldo).