
Hola, queridos Comuniantes.
Me presento como otra de las tres autoras de esta maravillosa bitácora que decidimos crear a las tres de la mañana de un día tonto. Por diferenciarme de alguna manera, me pondré de nombre Chica Mordor y siempre escribiré en este color (¿a que soy súper original?).
Bien, como decía mi buena amiga y coautora, la señorita Comuniante (que debería cambiarse el nik porque lo de "comuniante" no va por ella), ya ha pasado nuestro primer curso universitario, y se ha pasado volando.
Así pues, me gustaría profundizar un poco más en un aspecto que ya ha sido mencionado, aunque de manera superficial. El tema en cuestión: los compañeros de clase, esa extraña fauna.
No es fácil, queridos comuniantes, enfrentarse a un primer día universitario. Yo recuerdo el mío como si se tratara de ayer. Tengo que decir que no fui tan patosa como mi querida amiga, porque yo no me perdí ni me equivoqué de clase, edificio u barrio (¬¬u), pero aun así me sentí rara: un martes de septiembre me vi a las ocho de la mañana en un sótano repleto de gente callada, esperando como si se dirigieran a la horca. Yo, bastante cortada, recorrí el pasillo con lentitud, fijando mi mirada en todas las puertas, buscando un cartel donde ponía "M02".
Asomé la cabeza con cuidado, el aula estaba vacía. Y eso que me doy la vuelta... ¡pam! Al menos veinticinco pares de ojos me devuelven una mirada hostil que me acojonó de inmediato, así, con todas sus letras (hablemos con propiedad). No me quedó más remedio que esconderme en un banco vacío al fondo del pasillo. Me creía a salvo, pero, de pronto, alguien me tocó el hombro y creo que pegué un bote hasta el techo, del susto que me llevé.
-¡Hola! ¿Qué tal? ¿Tú también eres nueva? ¡Ya ves, estamos todos igual! Vaya, madre mía, qué nervios. ¿Cómo te llamas? ¿De dónde eres? ¡A saber lo que nos espera...!
Una chica súper simpática me dirigía la palabra, quitándome un peso de encima ("uff, menos mal, no es por mi olor, entonces", pensé aliviada). En seguida le respondí, y me presentó a otra chica muy mona que estaba a su lado, a la que también acababa de conocer. ¡Qué ilu, el primer día de clase y ya tengo amigas! ¿Se puede ser más feliz?
Poco después surgieron más nombres, se hicieron los primeros equipos de trabajo. Fue una jornada corta, en pocas horas ya nos habían despachado y nos dirigíamos al metro. Yo ahí ya empecé a sospechar, porque, no sé cómo, pero de un segundo a otro me quedé sola con la chica mona que me habían presentado pocas horas antes. Y empezó el caos.
¡Era tímida! Pero una timidez exagerada, la conversación se tornó en un incómodo interrogatorio. Creo que me puse a sudar y todo, intentando salir del atolladero. ¿Por qué me tiene que pasar todo a mí? Mal asco. Nuestra charla fue una cosa parecida a esto:
Yo: Pues... ya está, hemos sobrevivido al primer día, ¿no? (sonrisa ligera).
Ella: Sí.
Yo: ¿De dónde me has dicho que eras?
Ella: De Quart de Poblet.
Yo: Ah (ahora dirá algo, supongo).
Silencio.
Cruzamos un paso de cebra.
Se oye la calle. Los coches y eso...
Silencio incómodo.
Ya está bien, joder, tomaré las riendas.
Yo: Tengo una amiga allí.
Ella: Qué bien.
Yo: Sí (exprime el tema, exprime el tema, exprime el temaaaa. ¡Qué hostias! No se puede exprimir más. Lo cambiaré).
Yo: Y... ¿ya tenías claro que querías estudiar Comunicación Audiovisual?
Ella: No. Me metí por probar.
Yo: Entiendo. A mí me ha pasado un poco igual, ahora veremos qué tal, cómo se desenvuelve la cosa.
Ella: Hm.
Yo: ¿Pero es el primer año que te matriculas?
Ella: El año pasado estuve en Periodismo, pero como no me gustaba, he decidido meterme en esto, que me parece más creativo.
¡¡¡No me lo puedo creer!!! Ha dicho una frase entera, con subordinadas y todo. ¡Bien! Avanza la cosa. Esperaré a que añada algo más.
... y esperaré...
... y esperaré...
... y esperaré...
Yo: Hace sol, ¿eh?
Ella: Sí.
¡Madre mía! ¡Qué conversación de besugos!
Así es la vida, mis pequeños comuniantes (que no saltamontes), te piensas que has conectado con alguien y, después, estás cuatro meses para cogerle el truquillo a esa persona. Justo para que, cuando ya se ha normalizado la relación, esa persona decida dejarse la carrera a mitad de curso, como fue el caso, por segundo año consecutivo. En fin, qué se le va a hacer. O la otra chica, la que me había abordado con tanta simpatía el primer día, que al segundo ya se reveló como la auténtica gruñona que es (eso sí, te puedes morir de risa con ella).
Con este rollo repollo, lo que vengo a decir es que hay gente para todo. Las primeras semanas fueron un auténtico fenómeno de análisis humanístico, ¡la de etnias que te podías encontrar! Hay de todo: freaks melenudos (seguramente porreros en potencia), emos atormentados, pijos antipáticos (estos son como los chinos, están en todas partes), guapitas de cara-pelos perfectos, chungarros, fumetas, homosexuales, bisexuales, asexuales, seguramente también algún pervertido sexual (o varios), punks malcarados, canis masieros, gente de la capi, burdos de los pueblos, hippies, bohemios, cuerdos, locos, bajos, altos, flacos, rellenitos, listos, tontos, feos, más feos... (sí, porque he de decir que en nuestra clase se salvan pocos especímenes del género masculino en lo que a belleza se refiere... y no digo nombres... quien se quiera dar por aludido que se aluda, pero yo no me hago responsable).
Te podías morir. Una interesante actividad hubiera podido ser la de crear una especie de mapa o esquema para orientar al recién llegado. Pero bueno, con el paso de los días te vas acostumbrando a la marea social, y empiezas a establecer tus preferencias. Con la convivencia te percatas de cómo es la gente en realidad y, aunque al principio se respira un aire de conformismo formal, es más tarde cuando te vas acercando o alejando de distintos grupos, según.
Y, bueno, pues mira, Fulanito antes tenía gran amistad con Menganito, pero entre pitos y flautas ahora Fulanito y Menganito han descubierto que no tienen tanto en común como pensaban, y se han abierto a nuevos horizontes. Y eso me ha pasado a mí en cierto modo, me ha costado un poco encontrar mi lugar.
Pero cuando lo encuentras... os aseguro que vale la pena, comuniantes, porque me he hecho muy amiga de las dos coautoras (así como de más gente) y hemos pasado por grandes momentos juntas, momentos que nunca se olvidarán, a pesar de que, en un principio, apenas hablábamos o ni siquiera nos conocíamos. Por idas y venidas de la vida (olé rima) el destino nos ha juntado y ahora, aunque quisiera, no me las podría quitar de encima (entre otros, porque son unas pesadas :P). Y somos un grupito multiracial, que es lo que mola.
Es bueno evolucionar, y solamente cuando ya lo has hecho, te das cuenta de que a los demás les ha pasado igual que a ti: los punks se juntan con los chungos (que al final han resultado ser buena gente), los bohemios con los alternativos, los ecos con los fumetas. Y hablas un poco con todos y los vas conociendo mejor; te das cuenta de que has juzgado mal a mucha gente, y corriges (ya sea de mal para bien o de bien para mal, jajaja, ahí no entro...). Se ha creado una especie de comunidad de la que formas parte, de algún modo u otro.
Y eso es lo que después se te queda: los recuerdos de las experiencias vividas.
En fin, mis pequeños comuniantes, como habréis comprobado los que hayáis llegado hasta aquí leyendo (los auténticos valientes, que aquí cobardes no queremos), me he pasado tres pueblos escribiendo, pero es que me ha venido la inspiración, qué queréis.
Ya hablaremos en otro día de la otra cara oculta de esa extraña fauna (lo que viene siendo el profesorado), pero por hoy ya está bien, que me han salido hasta callos en los dedos.
¡Besos y abrazos a todos! (y gracias por aguantar) ;)