Delirios Adicionales

lunes, 16 de noviembre de 2009

DIARIOS DE VIAJE...


Como su propio nombre indica, este apartado será el primer capítulo de mi diario de viaje. Así pues, esta semana os haré que viajéis a través de la lectura de este post, a la mismísima cuna del arte Románico, Barroco y del Renacimiento… ROMA.

Observo el calendario con impaciencia el día de antes, sabiendo que estoy a pocas horas de partir y “cruzar el charco”. La noche se hace eterna, ¡qué digo eterna!, es la ansiedad la que no me deja dormir. Así pues, aunque no he dormido nada de nada, cuando el despertador suena y anuncia la hora de levantarse y ponerse en marcha, doy un brinco y estoy con una energía tremenda, como si hubiera descansado toda la noche sin problemas. Camino a paso ligero hasta el instituto, donde esperan compañeros y profesores. El avión sale de Valencia y tras 2 horas y 40 minutos aproximadamente llega a su destino. El corazón ya me iba a 200 kilómetros por hora y sentía un vaivén curioso en el estómago. Y es que, cualquier amante del arte que se precie, o estudioso del mismo, o bien, simplemente que tenga cierta inquietud por las civilizaciones antiguas, quedaría maravillado con la simple idea de poder visitar esta ciudad, la capital de la bella Italia.

En cuanto bajamos del avión el ambiente de júbilo, emoción y alegría es visible en las caras de todos. Marchamos impacientes hacia el autobús que ya espera para llevarnos hasta el hotel. El viaje en autobús no deja de ser todo un espectáculo… Todo el mundo mira por las ventanillas fijándose muy bien en todo: las casas, la gente… pero sobre todo, pendientes de toparse con algún monumento conocido o que puedan reconocer. Llegamos por fin al hotel, donde nos designan las habitaciones correspondientes. El hotel tiene varios edificios conectados entre sí a través del comedor de la planta baja. A mí, por asignación, me toca estar en la otra punta del hotel, en el último piso, como desterrada. Afligida, cargo la maleta por el pasillo y me dirijo al ascensor de la “zona fantasma”, pues prácticamente todo el mundo está en el edificio contiguo o en plantas inferiores. Cuando llego a la habitación, abro la puerta y tras investigar un poco las dependencias me doy cuenta de que en realidad me ha tocado el gordo. La habitación está en el ático y tiene un par de ventanas pequeñas en los laterales, pero también tiene dos ventanales grandes en el techo inclinado, que cuando te tumbas te permiten ver las estrellas. ¡Qué bonito! Si bien es cierto, no es demasiado grande pero al menos es acogedora. Me asomo al baño y veo lo típico que me esperaría en un hotel de estas características: un lavabo, un inodoro, una bañera, un bidé, un secador, un toallero, etc.
Pero, la sorpresa vino después al bajar a la recepción y comentar impresiones con otras compañeras sobre las habitaciones. - ¿Qué tenéis bañera? – me dice una de ellas asombrada. - ¿Qué tenéis secador? – Comenta otra a continuación. Es entonces cuando me doy cuenta que… sí, estaré a la otra punta del hotel pero por confort no me puedo quejar. Al menos no se me ocurriría hacerlo delante de ellas por si arremeten contra mí, Dios me libre.

Esa misma tarde, después de comer y mezclarnos con la “flora y fauna” romana, echamos a andar por las accidentadas calles de la ciudad. ¿Acaso no han oído hablar del pavimento liso? Otra cosa no, pero, os recomiendo que si vais a Roma vayáis con calzado muy pero que muy cómodo si pensáis patear bastante, puesto que la mayoría de las calles tienen adoquines. Y es que si al menos estuvieran más o menos juntos todavía se haría llevadero, pero es que entre medias de cada adoquín hay unos surcos enormes que si se te ocurre ir en tacones puedes tener más de un tropiezo, o, lo que es peor, se te puede quedar el pie encasquillado y hacerte mucho, mucho daño. Por no mencionar lo incómodo que es pisar ese suelo con: zapatillas, botas planas, bailarinas, etc. Si le añadimos un poco de tacón, ya es el colmo.
(TO BE CONTINUED...)

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