Sudores, taquicardia, asfixia, nerviosismo, percepción de olores extraños (a menudo desagradables); Son las cosas que experimentamos en nuestro querido transporte público: el METRO.
Te levantas cada mañana y después de vestirte, desayunar y coger lo necesario para salir de casa piensas “¿Llegaré bien a coger el metro?” “¿Tendré que correr como de costumbre?”... ¡No lo hagas! ¡Si lo piensas ya estás perdido! Y es que a veces cuanta más prisa tenemos para llegar a un sitio, más tarde llegamos. Es curioso, pero cierto.
En primer lugar, si al despertarte te das cuenta de que en la calle está lloviendo a cántaros solamente tienes dos opciones. La primera es quedarte en casa y alegar alguna enfermedad contagiosa para no tener que ir a clase. Pero si te consideras una persona responsable y te pesa en la conciencia, la segunda opción es llamar a algún amigo o compañero con vehículo propio que tenga la amabilidad de pasar a recogerte. ¡En ningún momento se te ocurra ir a coger el metro! ¡Quién sabe lo que te pueda ocurrir!
Seguramente acabes calado hasta los huesos, llegando a donde quiera que vayas dos horas tarde. Lo más probable, sobre todo si la estación está al aire libre, es que el metro que esperes no pase debido a problemas en la vía (problemas eléctricos, zonas anegados, etc.)
Si el día no tiene inclemencias meteorológicas, piensas que el trayecto en metro puede transcurrir con normalidad. No sabes lo equivocado que estás. Son aproximadamente las 8:00 de la mañana, llegas al andén y observas la multitud de gente que se encuentra esperando y piensas “bueno, me colocaré por la parte de delante para entrar antes y poder sentarme”. ¡Qué error! El metro llega, la gente empuja, entonces observas el cartel sobre las puertas que indica "dejen salir" ¡menuda estupidez si nadie hace caso de eso! La puerta se convierte en un embudo por el que todos quieren entrar. Cuando consigues hacerte un hueco y estás dentro no quedan asientos, es más, sin saber por qué, te encuentras con la espalda pegada al cristal de la puerta y no tienes donde agarrarte. Perfecto.
En ocasiones especiales, véase Fallas, el metro puede llegar a ser una pesadilla. Permanecer en el andén sin caer a la vía se convierte en una hazaña y entrar dentro del tren en un gesto de valentía. Cuando decides adentrarte en las profundidades del vagón, te arriesgas a llegar al final del trayecto sin poder bajar en la parada que querías porque la "amabilidad" de la gente te impide salir. Todo se complica cuando la charanga de una falla va en el mismo vagón que tú y los ves tranquilamente cantando y tocando sus instrumentos como si no tuvieran limitado el aire que respiran. ¡Es un atentado contra la paciencia de los demás pasajeros! Sin embargo, una amiga me dio un consejo para estas situaciones que nunca olvidaré, ya que me ha resultado más útil que aprender a leer: la noche de la Nit del Foc, una vez has conseguido entrar, intenta llegar hasta la puerta por donde tiene que entrar la gente en la siguiente parada. Pega la cara al cristal y pon expresión de sufrimiento. Siempre puedes ayudarte de alguna mano también o incluso del cuerpo entero para atemorizar a los pobres ingenuos que intentan acceder. Lo creas o no, esto puede llegar a salvarte la vida, si quieres seguir respirando al menos.
No obstante, el metro por las noches pasa de ser una auténtica “lata de sardinas” a una especie de “pasaje del terror”. Jueves por la tarde. Entro en mi queridísimo Tuenti (¿qué haría yo sin él?) y encuentro un evento en el que se organiza una cena para esa noche. Me tiro tres horas en el baño arreglándome para estar monísima. Antes de salir de casa, me miro al espejo y me digo a mí misma, esta noche triunfo en la discoteca. El problema llega cuando decido salir y cierro la puerta de casa. El golpe sordo me recuerda que son las nueve y media de la noche y la gente vuelve de trabajar mientras yo me voy de fiesta. Llego al metro, mi adorado metro, y veo en la pantalla que no pasa hasta dentro de diez minutos. La gente me mira a través de sus ojos fatigados tras una dura jornada de trabajo y examina minuiciosamente mis zapatos de tacón de 10 centímetros a juego con el top escotado que me sienta tan bien. En ese momento me ruborizo e intento alejarme lo máximo posible de los asientos ocupados. Dentro del tren ocurre más o menos lo mismo, con la diferencia de que en el interior del metro hay bastante más luz que deja al descubierto mi nuevo ahumado de ojos que tanto me ha costado conseguir a lo largo de la tarde.
Pasan las horas: dos, tres, cuatro, cinco, seis.... y entonces el metro abre sus puertas. Ya es hora de volver a casa, pero ahora viene lo peor de todo. Tras una noche entera bailando a oscuras, sales a la calle con cara de zombie, despeinada y llena de manchas. Todavía tienen efecto en ti los restos de alcohol de esa noche y lo único que te apetece es irte a dormir. Pero, el tren que te lleva a tu casa tardará en torno a 15 minutos en venir, como mínimo. El rubor que había perdido durante toda la noche vuelve a mis mejillas al observar que el trabajador del andén de enfrente me señala y hace gestos obscenos, mientras me dedica una sonrisa pícara. Los demás pasajeros se limitan a cerrar sus ojos y apoyar el mentón sobre su mano, intentando hacer equilibrios para no caer redondos al suelo.
En definitiva, viajar en metro por la noche expande tus horizontes cognitivos y descubres que hay vida humana que intenta sacar el país adelante cuando todavía no ha salido el sol.
Te levantas cada mañana y después de vestirte, desayunar y coger lo necesario para salir de casa piensas “¿Llegaré bien a coger el metro?” “¿Tendré que correr como de costumbre?”... ¡No lo hagas! ¡Si lo piensas ya estás perdido! Y es que a veces cuanta más prisa tenemos para llegar a un sitio, más tarde llegamos. Es curioso, pero cierto.
En primer lugar, si al despertarte te das cuenta de que en la calle está lloviendo a cántaros solamente tienes dos opciones. La primera es quedarte en casa y alegar alguna enfermedad contagiosa para no tener que ir a clase. Pero si te consideras una persona responsable y te pesa en la conciencia, la segunda opción es llamar a algún amigo o compañero con vehículo propio que tenga la amabilidad de pasar a recogerte. ¡En ningún momento se te ocurra ir a coger el metro! ¡Quién sabe lo que te pueda ocurrir!
Seguramente acabes calado hasta los huesos, llegando a donde quiera que vayas dos horas tarde. Lo más probable, sobre todo si la estación está al aire libre, es que el metro que esperes no pase debido a problemas en la vía (problemas eléctricos, zonas anegados, etc.)
Si el día no tiene inclemencias meteorológicas, piensas que el trayecto en metro puede transcurrir con normalidad. No sabes lo equivocado que estás. Son aproximadamente las 8:00 de la mañana, llegas al andén y observas la multitud de gente que se encuentra esperando y piensas “bueno, me colocaré por la parte de delante para entrar antes y poder sentarme”. ¡Qué error! El metro llega, la gente empuja, entonces observas el cartel sobre las puertas que indica "dejen salir" ¡menuda estupidez si nadie hace caso de eso! La puerta se convierte en un embudo por el que todos quieren entrar. Cuando consigues hacerte un hueco y estás dentro no quedan asientos, es más, sin saber por qué, te encuentras con la espalda pegada al cristal de la puerta y no tienes donde agarrarte. Perfecto.
En ocasiones especiales, véase Fallas, el metro puede llegar a ser una pesadilla. Permanecer en el andén sin caer a la vía se convierte en una hazaña y entrar dentro del tren en un gesto de valentía. Cuando decides adentrarte en las profundidades del vagón, te arriesgas a llegar al final del trayecto sin poder bajar en la parada que querías porque la "amabilidad" de la gente te impide salir. Todo se complica cuando la charanga de una falla va en el mismo vagón que tú y los ves tranquilamente cantando y tocando sus instrumentos como si no tuvieran limitado el aire que respiran. ¡Es un atentado contra la paciencia de los demás pasajeros! Sin embargo, una amiga me dio un consejo para estas situaciones que nunca olvidaré, ya que me ha resultado más útil que aprender a leer: la noche de la Nit del Foc, una vez has conseguido entrar, intenta llegar hasta la puerta por donde tiene que entrar la gente en la siguiente parada. Pega la cara al cristal y pon expresión de sufrimiento. Siempre puedes ayudarte de alguna mano también o incluso del cuerpo entero para atemorizar a los pobres ingenuos que intentan acceder. Lo creas o no, esto puede llegar a salvarte la vida, si quieres seguir respirando al menos.
No obstante, el metro por las noches pasa de ser una auténtica “lata de sardinas” a una especie de “pasaje del terror”. Jueves por la tarde. Entro en mi queridísimo Tuenti (¿qué haría yo sin él?) y encuentro un evento en el que se organiza una cena para esa noche. Me tiro tres horas en el baño arreglándome para estar monísima. Antes de salir de casa, me miro al espejo y me digo a mí misma, esta noche triunfo en la discoteca. El problema llega cuando decido salir y cierro la puerta de casa. El golpe sordo me recuerda que son las nueve y media de la noche y la gente vuelve de trabajar mientras yo me voy de fiesta. Llego al metro, mi adorado metro, y veo en la pantalla que no pasa hasta dentro de diez minutos. La gente me mira a través de sus ojos fatigados tras una dura jornada de trabajo y examina minuiciosamente mis zapatos de tacón de 10 centímetros a juego con el top escotado que me sienta tan bien. En ese momento me ruborizo e intento alejarme lo máximo posible de los asientos ocupados. Dentro del tren ocurre más o menos lo mismo, con la diferencia de que en el interior del metro hay bastante más luz que deja al descubierto mi nuevo ahumado de ojos que tanto me ha costado conseguir a lo largo de la tarde.
Pasan las horas: dos, tres, cuatro, cinco, seis.... y entonces el metro abre sus puertas. Ya es hora de volver a casa, pero ahora viene lo peor de todo. Tras una noche entera bailando a oscuras, sales a la calle con cara de zombie, despeinada y llena de manchas. Todavía tienen efecto en ti los restos de alcohol de esa noche y lo único que te apetece es irte a dormir. Pero, el tren que te lleva a tu casa tardará en torno a 15 minutos en venir, como mínimo. El rubor que había perdido durante toda la noche vuelve a mis mejillas al observar que el trabajador del andén de enfrente me señala y hace gestos obscenos, mientras me dedica una sonrisa pícara. Los demás pasajeros se limitan a cerrar sus ojos y apoyar el mentón sobre su mano, intentando hacer equilibrios para no caer redondos al suelo.
En definitiva, viajar en metro por la noche expande tus horizontes cognitivos y descubres que hay vida humana que intenta sacar el país adelante cuando todavía no ha salido el sol.
=) muy bueno!
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